Extraño amor de años
que nació sin un futuro,
y nos fue trenzando encuentros
con el secreto como guía.
Se empaña el peso dulce de los recuerdos
por la deuda no cumplida:
un reprimido grito de perdón
que daría
hasta que mi voz llegara a tu isla.
Por eso,
llevo conmigo siempre
una carta ya amarilla
por si con ella pudiera redimir
una princesa, su cobardía.
Porque las palabras lo soportan todo
hasta la esperanza de ser leídas.
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